domingo, 11 de marzo de 2007

NUESTROS ANTEPASADOS ABORIGENES

LA POBLACION ABORIGEN. LAS RAZAS Y TRIBUS

Pienso que de acuerdo con nuestra tradición, en la que cuenta más el suelo que la sangre, el primer hecho histórico ocurrrido en nuestro territorio lo fue la fundación del Fuerte Sancti Spiritus y por esa razón "la historia Argentina comienza en 1527". Y si alguien creyese que este hito corresponde a la historia española, lo cedo graciablemente en homenaje a la madre patria, pero lo reinvindico en favor de los caciques Mangoré y Siripo, algunos de cuyos descendientes todavía deben andar por los caminos de la patria, ayudando a construir su grandeza.

Amadeo P. Soler



—Lo que te voy a referir, Gabotero, no tiene nada que ver con todas las historias, novelas y cuentos de los aborígenes del Oeste Norteamericano, que seguramente te apasionan. Allí los escritores relataron sobre los aborígenes haciéndoles aparecer buenos o malos, según los argumentos. En nuestro territorio y en el que fue de España antes de la independencia, vivieron también muchas razas indígenas. Nadie las popularizó como en el Norte; muy pocos de nuestros escritores le dieron la difusión que les hubiese correspondido como auténticos antecesores, los pintó José Hernández con mucha maestría y también lo hizo Lucio V. Mansilla en "Una excursión a los indios ranqueles", además de otros escritores que enfocaron el tema, pero como te digo, sin que aquellos libros y escritos tuvieran notoriedad.
Según las referencias, este territorio tiene indicios de una gran antigüedad en materia de pobladores, que en la región central y en el Noroeste se calcula entre los 8.000 y 12.000 años. Pero no necesitamos remontarnos a tan lejos. El interés nuestro está en conocer quienes vivieron aquí en el tiempo en que Colón descubrió América, pues quizás en este mismo predio donde nos encontramos se haya levantado, en lugar de esta construcción, una vivienda indígena. Las primeras noticias que nos pueden servir para orientarnos son, precisamente, las que empiezan a correr con la llegada de Sebastián Gaboto. Ya Magallanes tuvo noticias de los aborígenes de la región austral y se escuchaban voces, como las de Francisco del Puerto, náufrago de Solís, que daban cuenta de la vida y cultura del noroeste. El mismo Gaboto tomó contacto con las tribus guaraníticas del Paraguay y pudo observar desde el fuerte Sancti Spiritus la existencia de vida indígena en este lugar. Pero los aborígenes no eran numerosos: extraña que la población de las naciones que palpitaban en estas tierras no hubieren sufrido, dada la remota antigüedad, un crecimiento de progresión geométrica, teniendo en cuenta que la alimentación que le ofrecía la riqueza de la tierra era suficiente para mantenerlos. Su crecimiento vegetativo daba por tierra las teorías maltusianas sobre superpoblación. Acaso las guerras que entre si mantenían, las enfermedades, la lucha con las fieras salvajes o algunas de las calamidades públicas que asolaban el continente, los diezmaban implacablemente y no permitían su desarrollo. Las grandes concentraciones de habitantes se advertían en las regiones montañosas o pedregosas, y con menos intensidad en la región de los grandes ríos.
El Noroeste, las Sierras Centrales y la Mesopotamia eran las regiones donde mayor densidad de población había, porque precisamente allí se agrupaban las tribus sedentarias. Sin embargo, todo el territorio se cubría en mayor o menor escala con los cazadores nómades que se movían de un lado para el otro buscando la mayor facilidad para su subsistencia. En el Noroeste prevaleció la influencia incaica, pero luego fue deslojándose por la presión de los lules y los chiriguanos, antiguos predecesores de las tribus conocidas como mocovíes, que bajando por los ríos Dulce y Salado llegaron hasta nuestra provincia y el Chaco. De las Sierras Centrales siguiendo el curso del Carcarañá, bajaban representantes de los comechingones y sanavivones. De la Mesopotamia llegaba no sólo la influencia, sino el alud guaranítico que bajaba por el río Paraná con sus canoeros nómades y que poblaban las islas que tenemos aquí enfrente.
Del lado del Uruguay, por los riachos que forman dédalo entre las islas atravesando la provincia de Entre Ríos, ya venían los charrúas. Pero en el sur del Carcarañá habitaban tribus estables de economía cazadora y recolectora muy primitiva como los Querandíes y del gran grupo de los Chaná-Timbú que se desplazaban a lo largo de los cursos de agua, y un pequeño núcleo conocido como los Timbúes, estaba afincado, precisamente, en las márgenes del Carcarañá y del Coronda, mientras las tribus del Gran Señor de Coronda se habían aposentado en la margen de este curso de agua hacia el Norte. De esto resulta que aquí, en las tierras de Gaboto, había una población estable al menos desde antes de la llegada de los conquistadores y en todos los alrededores e islas pululaban los canoeros y cazadores nómades.
Todos estos aborígenes eran guerreros, aunque los más beligerantes se distinguían entre los charrúas, guaraníes y mocovíes. La guerra generalmente la hacían de noche y su estrategia era la oscuridad y la sorpresa. Usaban como armas lanzas y flechas generalmente con las puntas de hueso o de madera dura, porque no sabían trabajar los metales. Manejaban estas armas con singular habilidad, en especial el arco y sus dardos y sabían emplear también otros elementos contundentes como la macana o la porra. Usaban en las peleas también las boleadoras, que según el decir de Luis Ramírez, acompañante de Gaboto,"eran unas pelotas de piedra redondas y tan grandes como un puño, con una cuerda atada que las guía, las cuales tiran tan certero que no hierran a cosa que tiran". Tanto en la guerra como en la paz las tribus eran dirigidas por un cacique a quien obedecían ciegamente.
Nos interesa conocer como iban vestidos. En realidad, los nuestros, por el clima caluroso en verano, templado en el resto del año y con muy pocos días de frío, andaban desnudos o semidesnudos. En invierno se sabían cubrir con pieles. Los hombres usaban un cinturón que sostenía un manto de corteza y las mujeres utilizaban una pequeña pollera de fibras. La vestimenta era complementada con ciertos atavíos algunos de los cuales adornaban sus rostros.
Según las cartas del mencionado Luis Ramírez, "los timbúes tienen todos horadadas las narices ansí hombres como mujeres, por tres partes, y las orejas; los hombres horadaban los labios por la parte baja" y algunos individuos llevaban como adorno labial un "tambetá"' llegado allí por herencia guaraní. Aprovechando las partes horadadas usaban colgajes hechos con conchas de crustáceos, aros de hueso o madera dura, además de los collares y brazaletes hechos de piedrecillas que rodeaban brazos y piernas. Un adorno muy principal era el pintado de sus cuerpos con trazos muy desprolijos de pinturas hechas con carbón y tinturas colorantes que extraían de las plantas. Las plumas también eran ornamentales, pero contrariamente a las plumas que usaban los aborígenes norteamericanos, las que aquí se aplicaban no eran tan brillantes y coloridas. Las de águila, principal adorno de los del Norte, eran en esta comarca desconocidas y en su lugar exhibían opacas plumas de avestruz y de algunos otros pájaros de la selva o de las barrancas, como de lechuzas y otras rapaces, distribuidas con poca profusión en la frente, bajo la vincha.
A esta altura de su exposición, el Lugareño se detuvo pues en sus apuntes figuraban algunas informaciones que resultaban inconvenientes contárselas al Gabotero dada su corta edad. Se referían a ciertos atavíos que usaban las mujeres, especialmente las más jóvenes, para llamar la atención de los del sexo fuerte. En lugar de atavíos para complacer la natural coquetería femenina, esos adornos buscaban más bien despertar en los hombres los instintos sexuales, ignorándose en qué forma influían en los sentidos de éstos y bajo qué mecánica actuaban. Sabían aquellas mujeres que los hombres se habían acostumbrado a la vista de sus desnudeces y no les producían los impulsos naturales de la apetencia. Por eso, haciendo una especie de pomada compuesta con su propia sangre y otros ingredientes se pintaban con ella de negro casi todo su cuerpo. Dicen que los hombres se enloquecían por ellas. Era una práctica de erotismo muy particular, una especie de lenguaje sin palabras que no llegaba a los nervios motores por medio de los sentidos de la vista ni del olfato, sino estimulando la imaginación de los célibes con esa insinuación directa y dándoles valor para el abordaje. En idioma indígena esta pintura se conocía con el nombre de "gualicho", palabra que ha dado lugar más tarde a su aplicación como sinónimo de estimulante para el amor.
El Lugareño pasó esta parte de sus anotaciones por alto y prosiguió contando cómo eran las viviendas de los indígenas.
Las tribus sedentarias que habitaban este lugar, construyeron sus habitaciones en las márgenes de los ríos, en especial sobre las barrancas donde estaban a cubierto de crecidas e inundaciones. Las que vemos actualmente son reminiscencia de aquella arquitectura. Las poblaciones eran chicas y distanciadas unas de otras para no estorbarse. Formaban un pequeño caserío de veinteo treinta casas que construían con haces de paja de las cuales las islas eran las principales proveedoras.
Como no había un estilo bien enraizado por haber sufrido la influencia, como hemos visto, de distintas procedencias, se daba el caso de encontrar viviendas, siempre hechas con el mismo material, paja y barro, ya sea redondas, de techo cuniforme, ya sea rectangulares, con techo inclinado o de dos aguas. Estas últimas eran de gran tamaño y vivían en ellas varias familias y todos los individuos dormían en hamacas que colgaban de los tirantes. Las casas redondas eran mucho más chicas y su interior solía estar separado por biombos o tabiques que daban a sus habitantes cierta independencia. También solían hacer unos bloques de adobe que disponían uno encima del otro adheridos con barro, que luego techaban con paja. Generalmente, no cavaban cimientos, sino que previamente hacían un gran pozo del tamaño de la vivienda, hasta la profundidad de más o menos un metro, en cuyo interior arrimaban las paredes. De ese modo, las casas de afuera parecían bajas, pero eran confortables por dentro, y los moradores descendían o ascendían por una entrada en pendiente. Todas estas viviendas eran muy precarias y debido a ello, es que su duración era extremadamente limitada, razón por la cual ni anteriormente ni en la actualidad se han encontrado vestigios de las mismas. Pero, como hemos dicho, la tradición nos ha dejado reminiscencias en las que actualmente existen.
En esos núcleos de población se desarrollaba una actividad muy primitiva, pero en su organización nos encontramos que la salud estaba al cuidado de los brujos de cada tribu, cuya vestimenta era de lo más estrafalaria y sus pinturas de las más resultantes. Conocían cómo tratar las enfermedades físicas y también las del espíritu y además resolver todas las cuestiones del orden social que se presentasen. Estos brujos o hechiceros recurrían a todos los artificios que les venían de sus antepasados y usaban tan pronto la invocación de sus dioses y la ayuda de los elementos naturales como los más refinados sacrificios y ofrendas rendas.
Los hechiceros participaban también en los ritos funerarios. Como testimonio arqueológico, no se han encontrado en la comarca vestigios de restos o esqueletos indígenas pues, al parecer, los cadáveres eran incinerados en una especie de enramada debajo de la cual se encendía un fuego lo suficientemente fuerte como para destruir completamente los despojos. Sabemos que en las culturas del Noroeste se utilizaban las urnas funerarias, pero aquí, a falta de vasija, se los incineraba o sencillamente se los enterraba. Hay antecedentes que en el Delta se han encontrado "paquetes funerarios", pero por estos lugares, que se sepa, no se ha hallado ninguno.
Después de explicar todo esto, es fácil colegir cuál sería la alimentación de estos individuos que vivían a la vera del río y consiguientemente eran hábiles pescadores. Su entorno era la selva y la floresta salvaje de las islas, allí practicaban sus aptitudes de cazadores y disfrutaban de las mejores presas que les ofrecía el lugar. Cuando salían a la pradera, hacían presas con las boleadoras. Ahí nomás junto a sus casas, cultivaban el maíz y las calabazas y, según se dice, aparte del aceite de pescado tenían otro más apetecible: el que les brindaban las langostas, con las cuales hacían una deliciosa manteca. Recogían también los frutos del algarrobo, árbol del cual había muchos ejemplares en las región.
El Lugareño sabía que con lo dicho no había agotado el tema: sin embargo, lo interrumpió viendo que el Gabotero tenía intención de decir algo.
En efecto, éste comenzó diciendo que no había entendido del todo lo explicado.
—Hay algunas cosas, amigo Lugareño, que las comprendo perfectamente, pero hay otras como las que has mencionado de las teorías maltusianas, por ejemplo, no las entiendo. Tampoco veo muy clara la situación geográfica de los ríos por donde bajaron las tribus hasta Gaboto y me resulta difícil interpretar en su verdadero sentido y alcance algunas palabras.
—En otra oportunidad, si me lo haces recordar, te lo explicaré todo—dijo el Lugareño— pero entre tanto, trata de preguntar en la escuela a tu maestra o al director, que es muy amante de estas historias, los puntos oscuros, en especial aquellos en que se hace necesario pasar vista por un mapa.
Para terminar, te diré que los timbúes del lugar tenían un Jefe nominado Señor de los Timbúes, a quien todos respetaban por su sabiduría y su prudencia y por ser, aunque autoritario, pacífico. Se llamaba Mangoré y tenía varias esposas, siguiendo la tradición poligámica de su tribu. Su primera esposa en el rango era la hermosa princesa Iberahy (Nombre de fantasía dado por Hugo Wast en "Lucía Miranda") hija de su amigo, el poderoso señor de los Minuanes, que reinaba en la otra margen del Paraná.

PUERTO GABOTO.
La Historia Argentina comienza en 1527
Amadeo P. Soler


PRIMITIVOS POBLADORES

Grandes naciones o pueblos fueron los chanás, los charrúas y los guaraníes, además de los tobas, guaycurúes, calchaquíes, lules y querandíes. Las naciones que influyeron en esta comarca son las de los chanás, pues los mismos habitaron en la zona del Paraná, y los guaraníes, quienes, no obstante la distancia de sus asientos, recorrían permanentemente nuestras islas y costas más cercanas. Además de los chanás, en el Delta ocupaban apreciables extensiones los beguaes y los chanás-timbús, en el norte los mepenes, y en la zona media los quiloazas, mocoretás, caracarás, timbúes y corondas. Estas tres últimas tribus son las que están más allegadas a nuestra región. De los charrúas citaremos a los yaros, mencionados en la expedición de Gaboto en operaciones de la zona oriental y a los minuanes que vivían en el centro de Entre Ríos con mucha vecindad y concomitancia con nuestras tribus. Sobre todo jugaron un papel muy importante, en nuestra historia los guaraníes que, corno se ha dicho, poblaron en forma nómade las islas y regiones costeras desde el Paraguay hasta el Delta. Los querandíes también tuvieron vecindad con nosotros pues cubrieron una amplia región hasta el río Carcarañá al sur y se mencionan como guías de Francisco César informantes de la existencia de oro a Gaboto.
Este territorio fue muy apetecido por los aborígenes dada la existencia de agua y de alimentos en abundancia. Había sombra y reparo para personas y animales. Su aspecto no era selvático. Cerca de las costas crecían robustos ejemplares de chañar y algarrobo que formaban juntos o mezclados con otras especies, pequeños bosquecillos. Yendo tierra adentro las arboledas desaparecían para dar lugar a la llanura cubierta de pastos y arbustos. En menor medida, dada la paulatina despoblación vegetal, la configuración fitogeográfica no ha variado mucho hasta el presente. Luis Ramírez, el corresponsal de la armada de Gaboto, anotaba sobre esa tierra: “es muy llana, sin arboledas.”
Y ya que hablamos de la documentación gaboteana, surge claramente que la aldea más próxima a la confluencia era la de los timbúes. Su ubicación puede darse sobre la margen izquierda del Carcarañá a poco más o menos un kilómetro de su desembocadura.
La precariedad de sus viviendas justifica la ausencia de señales. Las casas se construían no para durar mucho tiempo. La estructura o armazón era preferida de troncos de madera trabajable como la del sauce, con paredes de paja y barro y techo de paja, al estilo típico de los ranchos que todavía se ven en esas inmediaciones. Cada vivienda tenía sus separaciones y su construcción podía calificarse de prolija, a tal punto que sirvieron de modelo para las primeras habitaciones que levantaron los conquistadores. El hecho de que en muchas moradas hubiesen apartamientos significaba que los timbúes tenían ya formado un concepto ético de la convivencia.
Los poblados generalmente no adquirían gran desarrollo, pero aquel de los timbúes era bastante numeroso a juzgar por la cantidad de caciques o aborígenes principales que residían en la aldea.
En la acusación del fiscal de Su Majestad contra Sebastián Gaboto (Medina del Campo, 4 de febrero de 1532) se menciona a tres mayorales aborígenes llamados Alboir, Oraya y Alcaire y a otro conocido por Yaguarí. Todos estos personajes tenían sus mujeres con quienes convivían, según lo expresan algunos testigos en las declaraciones prestadas con motivo de esta acusación. Es decir, que en la aldea privaba el sentido de la familia, reforzado con la vinculación con otras poblaciones amigas con quienes se entendían perfectamente usando de formas dialectales tomadas de los tres idiomas o dialectos principales, a saber, del chaná, del querandí y del guaraní. Entre los timbúes prevalecían vocablos y giros del querandí. Otros caciques además de los legendarios Siripo y Mangoré, fueron Araya, Elbocán, Mandí y Manibe.
Los pobladores de la aldea timbú tenían gran respeto a un cacique llamado Corondá que dio su nombre a la tribu de los Coronda y que por su jerarquía y fama tenía el tratamiento de gran Señor o Señor Principal; pero los Corondas conformaban otra individualidad. No obstante existían de vez en cuando disputas por las fuentes de abastecimiento, en especial con los caracarás, una de cuyas aldeas más próximas estaba aguas arriba del río Carcarañá, a varios kilómetros del asentamiento timbú.
Los caracarás, sentían un gran respeto por su río, y tanto ellos como los timbúes lo consideraban una creación sobrenatural, pues veían en él la particularidad de exhibir una osadía y empuje que no tenían otras vías acuáticas. Se sentían contagiados de ese poder agresivo y sostenido que hacía al río deslizarse, venciendo los obstáculos de la naturaleza, para poder llegar a su desembocadura, en un esfuerzo para ellos inexplicable.
En definitiva los naturales que ocupan la región eran los los timbúes, caracarás y corondas, aborígenes pámpidos de la nación chaná, permanentemente molestados por los guaraníes que vivían enquistados en su territorio.


LOS 823 DIAS DEL FUERTE SANCTI SPIRITUS
Amadeo P. Soler

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